El no tolerar a otros, nos coloca, inconscientemente, en un nivel superior. La cuestión no pasa sólo por marcar la diferencia entre él y nosotros, sino porque esa diferencia está vista desde una pretendida situación de perfección. Lo nuestro sería lo mejor y lo del otro, sería descartable o despreciable por ser imperfecto. Comúnmente nos resulta difícil aceptar al que es distinto. Si no piensa o no es como nosotros, o está equivocado o es imperfecto a causa de su ignorancia.
Intolerancias hay de todo tipo: de ricos con pobres, de blancos con negros, de instruidos a ignorantes, de flacos con gordos, de varones a mujeres, de honestos con corruptos, de adultos con adolescentes, de heterosexuales a homosexuales, etc. Hay múltiples ejemplos de no aceptación. Ahora, ¿por qué se da esa no aceptación o intolerancia? Y ya lo dijimos, porque creemos que lo que hacemos, decimos o pensamos, es lo mejor, lo más perfecto, lo que se acerca más a una pretendida verdad. Hasta ahí podría ser aceptable, pero ¿por qué esa reacción contra el que es y piensa distinto a nosotros? ¿Por qué esa falta de respeto dejándolo de lado e incluso agrediéndolo?
No es fácil encontrar una respuesta que contenga a todas. Casi imposible encontrar una razón que sea aceptable como válida. Casi siempre nos descubrimos remarcando la diferencia y justificando nuestra discriminación y nuestro rechazo.
Si a este planteo teórico lo tratamos de aplicar a nuestra vida diaria, nos encontramos con una serie de desajustes difícil de superar. Si somos de una religión, sostenemos que es la única verdadera sobre las demás que serían falsas, los europeos se sienten superiores a los latinoamericanos no por lo que hacen, sino por lo que son, recordemos al nazismo. Si nos referimos a los grupos políticos, cada uno de ellos cree saberlo todo o casi todo y le cuesta bajar las barreras separatistas para acoger al que discrepa. Evidentemente, no es todo tan así. Hay movimientos humanos que buscan el encuentro, el acuerdo, la sumatoria, la fraternidad, pero son los menos.
El punto de partida para mejorar esta situación, es dejar por sentado que todos somos iguales en dignidad. Las diferencias, más bien periféricas, son atendibles y pero no deben ser motivo de discriminación. A veces, no sólo somos intolerantes, sino también crueles, al calificar y al tratar a los diferentes.
Busquemos una unidad donde nos aceptemos mutuamente, acordando una sociedad para el bienestar de todos. Hagamos una ronda de muchos y tomándonos de las manos, anunciemos un mundo de paz, armonía y tolerancia.
Autor: Alberto F. Estrubia
| |
